8/7/18

El antropoceno

Hablan en la radio del verano y de los bronceadores de hace cuatro o tres décadas, incluida la mezcla de nivea y mercromina, además de la crema de vaca. Hay recuerdos de productos que nos sitúan en una determinada época con precisión admirable. En la época de la nivea con mercromina meterse en el metro de Barcelona era como meterse en un horno. Años después yo recorría prácticamente la línea roja y podía llegar a casa literalmente congelada.
Cada vez es más frecuente el término Antropoceno para referirse a la gran era posterior al Holoceno, la que designa un tiempo donde la acción humana sobre la Tierra ha dejado el calentamiento global, el dióxido de carbono y la "basuraleza", término que me resulta particularmente odioso. Pero el término Antropoceno sí que me parece acertado incluso fuera de la entelequia de los geólogos y paleontólogos.
Ando descolgada de la prensa y apenas leo titulares y eso a través de Twitter, en gran parte para mantener una cierta distancia y también porque estoy como todo el mundo bastante saturada de noticias. Escucho música de Ali Farka Toure, Toumani Diabaté y Sona Jobarteh, y pienso en si alguna vez podremos dejar en paz África. También pienso en los niños tailandeses atrapados en una cueva subterránea en época de grandes lluvias. El envanecimiento tecnológico crea nuevas situaciones ("escenarios") donde las posibilidades tecnológicas de rescate también son nuevas y más potentes. 
Torra remite de nuevo al "mandato" del 1O, aunque creo que alguno de los encausados ─tirando de hemeroteca sería fácil comprobarlo─ había jurado que aquello era simbólico. ¿En qué quedamos fue simbólico o no fue simbólico? Más que hablar de izquierdas y derechas podría hablarse de quienes como Pedro Sánchez e tutti quanti un día dicen una cosa y el siguiente dicen lo contrario, y los que más o menos tenemos una visión de la palabra anterior a la postverdad y la gamificación. Y, s´, ya hay un juego con asalto sexual en manada a la menor virtual.



1/7/18

Todo pasa

No pasa ni una semana sin que se ve un homenaje a Audrey Hepburn en una especie de hornacinas o capillas digitales en que se la recuerda en Facebook y también en Twitter. Cuesta desentenderse de los papeles que desempeñó en Desayuno con diamantes y en Vacaciones en Roma o en la O.N.U. o al verse clonada en otras actrices como Penélope Cruz. Pero se diría que es menos actriz que modelo y que la fascinación o admiración que despierta aún entre quienes ni siquiera habían nacido cuando ella ya no vivía es más una debilidad que otra cosa.
Estoy pensando en Agnès Varda, belga también, que recibió recientemente un óscar en manos de Angelina Jolie, formando una pareja cuyo contraste nos revela más valores de los que les suponíamos a ambas.
El último documental de Varda, Visages villages (2018), no nos cogió desprevenidos a quienes ya nos tenía ganados desde Daguerréotypes (1976), por su tratamiento de los seres corrientes que viven de manera modesta en su lugar y en su vida sin ir ni por encima ni por debajo de sus posibilidades. Un cine sin ficción y sin mitos o estrellas es factible y Agnès Varda nos presenta en pie de igualdad en sus documentales a un buen número de personas marcadas por la impermanencia del tiempo. El mismo cuidado con el que la directora expone a sus personajes de la realidad es el cuidado con el que ellos hacen sus labores y desarrollan sus oficios. No es que Varda renuncie a la mirada de artista, es que adopta una actitud sin mitomanías y alejada de la gran industria cinematográfica. Esa actitud llegó a su mejor expresión en Los espigadores y la espigadora (2002), en que la veíamos a ella misma como recolectora y recicladora de historias, siempre identificada con lo que filma. De una forma solidaria.
Quienes no conocen el documental de1976 sobre la Rue Daguerre, en Montparnasse, con sus comerciantes, ven en Visages villages en relación con el street art y los flashmob y otros desarrollos del arte visual moderno de mayor actualidad. Pero gran parte de cuanto se realza en su lenguaje actual en Visages villages ya estaba en Daguerréothypes. Aunque el documental se rodó en 1976 muchos de los participantes ya son anacrónicos, de una época que ya se había extinguido. De hecho los abrigos de borreguito y los trajes entalallados y con solapa ancha nos sitúan con mayor exactitud en el año 1976 que no la pareja de la perfumería, dos ancianos.
Por aquella época ya había algún supermercado en Barcelona, sobre todo en la zona costera y turística, con todos aquellos expositores giratorios con bronceadores de aceite de coco. No tenían las dimensiones de los supermercados que tenemos ahora, eran pequeños, pero cumplían con la premisa del autoservicios y una cajera asalariada.
Hace unos años hice mi propio homenaje de esa misma época para las tiendas de la calle Montsant, hoy reurbanizada tras haberse derrumbado los edificios afectados por la aluminosis. El documental de Varda nos muestra el trabajo del panadero en el horno de leña, el carnicero haciendo el despiece, el sastre que hilvana el patrón, la modista que remata, la relojería con su cuco y los relojes de carillón y sobremesa, l'épicérie. Todo se marca con el detalle de un belén o como el que le sugiere precisamente el daguerrotipo, la forma primitiva de la fotografía. Las puertas de los establecimientos y los escaparates actúan como encuadres o como pequeños teatros donde se enmarcan como sobre un estrado o diorama las escenas de los oficios. El cajón de madera donde se guardan las monedas para el cambio, las básculas y los cuchillo, el acerico al brazo, batas blancas o azules, vitrinas y estanterías, el género apilado, todo ello nos sitúa en un mundo prácticamente desaparecido o del que apenas quedan rastros.
Agnès Varda recoge en otro documental que ahora se distribuye conjuntamente con Daguerrótypes cómo quedó la Rue Daguerre el año 2005. Muestra qué negocios había el 2005. Pasamos ahora por una situación que vivimos como transitoria en que han desaparecido la mayor parte de los colmados, aunque algunos pakistanís se han establecido ofreciendo un horario extenso (hasta la ora n que está permitida la venta de alcohol), para los rezagados y para los que beben en la calle. Muchas cadenas y franquicias han transformado en pocos años el panorama hasta hacer casi indistinguible una calle de Londres de otra de Sevilla. No digo nada que cualquiera no sepa.
Si algo queda documentado en Daguerréotypes fielmente es la atención que ponían en su negocio cada cual. Además de que cada tendero tenía que estar con  los cinco sentidos en el establecimiento y en el público, la forma de cortar la pieza de tela o de carne o la forma de crepar el pelo, tengo la sensación de que el hecho de que el negocio fuera propio imprimía un cuidado especial: no malgastar material, la satisfacción del cliente, la paciencia en los ratos muertos, conocer la cadena de abastecimiento, etcétera. Se dirá que esas cuestiones subsisten en la economía de nuestra década, pero también podemos decir que si no malgastamos material es porque hay un control y también tal vez la conciencia ecologista. Y si pensamos en la satisfacción del cliente es desde una actitud diferente o tal vez incentivada o inducida pero en la que no se resentirá nuestro sueldo, fijo.
Más que apelar a un sentimiento de nostalgia, inútil, pienso en la mirada de Varda que no juzga ni pone orden sino que concierta. En Visages volvemos a ver a los personajes en sus oficios (el agricultor que con un solo tractor puede realizar diversas labores y hacerlas él solo, sin ayuda alguna de temporeros ni de nadie y cosechando un territorio descomunal, las camioneras, el barrio que fue de mineros, la granja que ordeña a mano a las cabras). Parece que en nuestra época hay oficios y profesiones que han pasado por cambios drásticos. El tiempo todo lo arrasa y los rostros de los personajes son únicos, irrepetibles, efímeros. Todo pasa menos Audrey Hepburn.